lunes, 5 de mayo de 2014

El embalse de las garzas

FUENTE: http://www.eldiadevalladolid.com/noticia/Z66493604-03E7-F7C8-E20A4B5B1FD42010/20131011/embalse/garzas

Encinas de Esgueva

El embalse de las garzas

Ernesto Escapa - viernes, 11 de octubre de 2013


Ruta del fin de semana por el emplazamiento que revela el papel estratégico como guardián del valle
Encinas de Esgueva evoca en su nombre el pasado boscoso de la zona, mientras su emplazamiento revela el papel estratégico como guardián del valle. Antes de llegar a Encinas, el viajero recibe el reclamo de Canillas, que es el penúltimo pueblo de estos confines provinciales. Ya en la distancia los cuernos de la fortaleza señalan el teso donde surgió el primitivo poblado fronterizo en el siglo nueve. Apenas quedan en pie los husillos de buena y resistente cantería que reforzaban las esquinas de la torre elevada en el trece. Unos contrafuertes que se han revelado más resistentes y de mejor hechura que la torre que debían sostener. En realidad, esta torre de Canillas era una avanzada de la fortaleza de Encinas. Hoy avisa de que nos acercamos a la frontera vallisoletana del Esgueva.

UN CASTILLO PARA EL TRIGO.
Encinas se asienta en la pendiente del páramo y en el vado mediante entre el cerro del castillo y el de la iglesia, en torno a un parque bien cuidado y hermoso. Por su vera discurre el arroyo de las Eras, embalsado en su cabecera. Cerca hubo un poblado vacceo, de cuya excavación viajaron venablos y puntas de hierro al Museo de Santander. Durante la Edad Media, Encinas fue señorío de la nobleza: primero de la nieta del conde Ansúrez, doña Estefanía Armengol, y a fines del catorce, del duque de Béjar, que emprendió las obras del castillo. El castillo cuenta con foso y un doble perímetro de almenas. El puente levadizo se suprimió en su época de granero. El pastiche de la restauración fue obra del SENPA, que era el organismo agrario encargado de almacenar el trigo. En Castilla y León convirtió algunos castillos en silos y para tal uso sus arquitectos arrasaron las dependencias interiores. En cambio, hacia afuera aquellos técnicos eran unos relamidos entusiastas de la piedra artificial y del cemento.

La fábrica actual del castillo corresponde al tránsito del siglo catorce al quince, destinado por tanto a uso residencial. En 1574 el duque de Béjar vendió la villa de Encinas a los Aguilar, que colocaron su escudo bien alto y visible. Cuatro años más tarde, el nuevo propietario tuvo el capricho de hacerse un estanque de 80 por 60 pies con siete de profundidad delante del castillo. Recientemente se ha enlosado aquella plazuela acuática. En 1709 Felipe V concedió a Antonio Aguilar el título de Conde de Encinas.

La fortaleza es de planta cuadrada con torres en las cuatro esquinas y se protege mediante barbacana almenada y un foso con muros de sillería en talud. Al adaptarlo como silo, a mediados del siglo veinte, se cegaron varias ventanas ajimezadas y desaparecieron los artesonados mudéjares, además de su patio de armas de dos plantas con columnas de piedra construido en el siglo diecisiete.
EL SANTO DE LAS GACELAS.
En el badén que arropa el caserío de Encinas, da réplica al castillo desde otro promontorio la iglesia gótica de San Mamés, un santo que echó los dientes amamantado por dos gacelas. Construida a fines del siglo quince, tiene tres naves separadas por pilares que se enlazan con arcos de medio punto. En el ábside central, un rosetón calado dibuja la estrella de David. La torre levanta tres pisos. El retablo mayor, del dieciocho, fue pagado por el concejo, que vendió una tierra, y dorado por el conde. La capilla de los Salcedo acoge un retablo plateresco que funde con gusto pintura y escultura. Las imágenes remiten al círculo de Giralte, mientras las tablas delatan la estela de Villoldo. Ha sido restaurado recientemente, como una Virgen policromada de tradición gótica. La Cruz parroquial es una de las más valiosas de la platería provincial.

La ruta hacia el embalse parte de la plazuela del castillo y busca la cabecera del apresado arroyo de las Eras. Del cruce de carreteras hacia Pedrosa de Duero y hacia el Valle del Cuco arranca la pista de tierra que conduce al lago, que está a 1,6 km. de distancia. Su anillo peatonal mide 2 kilómetros y ofrece la posibilidad de ampliar el recorrido en su cabecera remontando el valle de las Eras. No presenta ningún desnivel y se pasea cómodamente, con varias paradas de observación ornitológica, en un par de horas. El camino, que conviene seguir en sentido inverso a las manecillas del reloj, tiene un firme perfecto y ofrece en su recorrido numerosos lugares que invitan a un alto en el paseo.

Un paseo por el lago.
El embalse se construyó en los años cuarenta, con un muro de tierra de apenas trece metros y medio de altura, ofreciendo un entorno ideal para el paseo. Su enclave solitario se convierte en los meses menos concurridos en un observatorio estupendo de aves estables y en tránsito. Por eso resulta muy aconsejable hacer la ruta provistos de prismáticos para observar a los pájaros nadando en el agua o refugiados entre la vegetación de las orillas. Unos otean y otros rielan o chapotean. Alrededor de la lámina de agua asoman montecillos ralos que salpican las laderas con encinas de poco porte. En la chopera inundada de la cabecera del embalse es fácil compartir la alegre algarabía de diferentes especies. Unas otean desde las copas, mientras otras se zambullen entre los troncos. En el camino de retorno mana el chorro débil de una fuente encauzada sin advertencia de potabilidad. Unos pasos adelante, encima de la pradera arbolada, unos carteles avisan de la presencia de abejas. Entre este punto y la frontera del azud, el camino despide al visitante con el saludo ruidoso de las aves que sobrevuelan la quietud de su lámina de agua.


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